Ministerio del Poder Popular para la Comunicacion y la Informacion
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Caracas, 21 de noviembre de 2008
29 de abril de 2005
El primero de Mayo
"¡Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más elocuente que las voces de los que hoy ustedes estrangulan!". Las últimas palabras de Augusto Spies, periodista alemán
Por: Efraín Valenzuela

Desde la historia contada por Efraín Verenzuela, en Aporrea, el miércoles 27 de abril, queremos recordar que para llegar a la conmemoración del 1° de Mayo como Día del Trabajador, muchos lucharon y muchos dejaron sus vidas en el camino. Así lo escribe:

"Las jornadas de trabajo alcanzarían 12, 14 y hasta 16 horas diarias. La mano de obra se pagaría, escandalosamente, barata. Mujeres y niños extenuados, jamás conocieron los días de descanso. La fuerza de trabajo de los emigrantes, también, y sobre todo, se cancelaría con sueldos miserables. Entre tanto, las factorías norteamericanas llenaban sus arcas. El 1ro de Mayo de 1886 cinco mil empresas de ese país quedaron paralizadas. En Chicago, 80 mil obreros cerraron fábricas y muelles. La Avenida Michigan se lleno de obreros en ropa de domingo. La solicitud era clara: 8 horas para trabajar; 8 horas para descansar y 8 horas para hacer lo que nos dé la gana, la regalada gana. 500 mil obreros, en todo Estados Unidos, estarían en huelga.

Precisamente, en la fábrica Mc Cormick, la policía soltó sus balas contra la multitud. El saldo: 6 muertos y decenas de heridos. Entre la indignación, la arrechera y la lluvia una multitud se congregaría en la plaza Haymarket. Era el 4 de Mayo. El mitin se proclamó pacífico y legal. La historia nos dice que un comunicador social, de origen alemán, Augusto Spies, tomaría la palabra. El dirigente obrero, Albert Parsons, también expresaría su verbo encendido.

Una súbita explosión arrancaría la vida de un tombo; otros resultaron heridos. Esa agresión sería producida por las misma policía. La arremetida de la guardia contra la multitud sería a plomo cerrado. 38 muertos y 200 heridos. Aquella cruenta represión destruyó imprentas, realizaría allanamientos, en grandes cantidades, y apresaría a no pocos manifestantes. En Chicago se declaró el Estado de Sitio. La prensa industrial masiva editó esta perla: "para estos vagos harapientos, la mejor comida es una carga de plomo en el estómago".

Alegar una conspiración extranjera sirvió de pretexto dramático para inculpar a los emigrantes. Las clases dominantes se juntaron para pedir a coro la cabeza de la subversivos. Los anarquistas, también, serían acusados. Los dirigentes de aquella poderosa protesta: Augusto Spies, Alberto Parsons, Adolfo Fischer, George Engel, Luis Lingg, Michael Schwab y Samuel Fielden, fueron sentenciados a muerte. El 11 de Noviembre de 1887 se ejecutaría la sentencia. En el patio de la cárcel, una vez más, estaban presentes las horcas. Los condenados cantarían, a todo pulmón, la Marsellesa. Sus tumbas, en el cementerio de Wladheim, siempre tienen rosas rojas. Media década después, en el año 1893, se revisaría el proceso. Los testigos fueron comprados, la provocación contra la policía había sido ordenada por el mismo capitán y el procurador escogió a dedo el jurado.

La opinión del juez sería demasiado contundente: "Tal atrocidad no tiene precedentes en la historia". La Segunda Internacional Socialista reunida en París, en el año de 1889, aprueba el 1 de Mayo como el Día del Trabajador. Las últimas palabras de Augusto Spies, periodista alemán, constituyen una verdadera historia del futuro: ¡Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más elocuente que las voces de los que hoy ustedes estrangulan!

Los Martires de Chicago

Augusto Spies

Nacido en Alemania. Era un orador ardiente, al decir de José Martí: "Cuando Spies arengaba a los obreros, no era hombre lo que hablaba, sino silbo de tempestad... Tendía el cuerpo hacia sus oyentes, como un árbol doblado por el huracán; y parecía de veras que un viento helado salía de entre las ramas, y pasaba por sobre las cabezas de los hombres".

Augusto Spies dijo al ser sentenciado a muerte en la horca: "Hemos explicado al pueblo sus condiciones y relaciones sociales. Hemos dicho que el sistema del salario, como forma específica del desenvolvimiento social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de civilización. Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga.

Podéis sentenciarme, pero al menos que se sepa que en Illinois ocho hombres fueron sentenciados a muerte por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el último triunfo de la Libertad y la Justicia".

Alberto Parsons

Nacido en EE.UU. en 1848. Dice Martí sobre su oratoria: "Hablaba a saltos, a latigazos, a cuchilladas, lo llevaba lejos de sí la palabra encendida". Y Parsons en su último discurso expresó: "Yo como trabajador he expuesto los que creía justos clamores de la clase obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer del trabajo y de los frutos del trabajo".

"Yo creo que los representantes de los millonarios de Chicago organizados nos reclaman nuestra inmediata extinción por medio de una muerte ignominiosa. ¿Y qué justicia es la vuestra? Este proceso se ha iniciado y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por los que creen que el pueblo no tiene más que un derecho y un deber, el de la obediencia.

El capital es el sobrante acumulado del trabajo, es el producto del trabajo. La función del capital se reduce actualmente a apropiarse y confiscar para su uso exclusivo y su beneficio el sobrante del trabajo de los que crean toda la riqueza. El sistema capitalista está amparado por la ley, y de hecho la ley y el capital son una misma cosa. ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero. Quedará el veredicto popular para decir que la guerra social no ha terminado por tan poca cosa".

Jorge Engel

Nació en Alemania en 1836. Era un orador incisivo y apasionado. Señala Martí: "pujaba por tener al anarquismo en pie de guerra". Y se pregunta el alemán: "¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la historia enseña.

¿En que consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar.

Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y sus amigos".

Adolfo Fischer

Nacido en Alemania. Fischer dice: "En todas las épocas, cuando la situación del pueblo ha llegado a un punto tal que una gran parte se queja de las injusticias existentes, la clase poseedora responde que las censuras son infundadas, y atribuye el descontento a la influencia de ambiciosos agitadores. La historia se repite. En todo tiempo los poderosos han creído que las ideas de pro se abandonarían con la supresión de algunos agitadores; hoy la burguesía cree detener el movimiento de las reivindicaciones proletarias por el sacrificio de algunos de sus defensores. Pero aunque los obstáculos que se opongan al progreso parezcan insuperables, siempre han sido vencidos, y esta vez no constituirán una excepción a la regla.

Este veredicto es un golpe de muerte a la libertad de imprenta, a la libertad de pensamiento, a la libertad de la palabra en este país. El pueblo tomará nota de ello. Si yo he de ser ahorcado por profesar las ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por la libertad de la especie humana, entonces, yo les digo muy alto, disponed de mi vida".
Luis Lingg

Nació en Alemania en 1864. Sobre él diría Martí: "Bello como Tannahauser o Lohengrin, cuerpo de plata, ojos de amor, cabello opulento, ensortijado y castaño... criado en una ciudad alemana entre un padre inválido y la hambrienta, conoció la vida por donde es justo que un alma generosa la odie... Halló su propia historia en la de la clase obrera, y el bozo le nació aprendiendo a hacer bombas".

Las palabras de Lingg: "Me concedéis, después de condenarme a muerte, la libertad de pronunciar mi último discurso. Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y qué significan la ley y el orden?

Yo repito que soy enemigo del orden actual y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras aliente. Os reís probablemente, porque estáis pensando: ya no arrojaréis más bombas. Pues permitidme que os asegure que muero feliz, porque estoy seguro de que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. Os desprecio; desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad".

Óscar W. Neebe

Nació en Filadelfia de padres alemanes. En la época en que Neebe fue arrestado, no vivía de un salario fijo; se dedicaba a trabajos particulares. Desde sus primeros años sintió latir su corazón a favor de los desheredados y fue siempre un excelente organizador de las secciones de oficios, siendo propagandista acérrimo de las ideas socialistas.

Dice: "Durante los últimos días he podido aprender lo que es la ley, pues antes no lo sabía. Yo ignoraba que podía estar convicto de un crimen por conocer a Spies, Fielden y Parsons. He presidido un mitin en Turner Hall, al que vosotros fuísteis invitados para discutir el anarquismo y el socialismo. Yo estuve, sí, en aquella reunión, en la que no aparecieron los representantes del sistema capitalista actual para discutir con los obreros sus aspiraciones. Yo no lo niego. Tuve también en cierta ocasión el honor de dirigir una manifestación popular, y nunca he visto un número tan grande de hombres en correcta formación y con el más absoluto orden. Aquella manifestación imponente recorrió las calles de la ciudad en son de protesta contra las injusticias sociales. Si esto es un crimen, entonces reconozco que soy un delincuente. Siempre he supuesto que tenía derecho a expresar mis ideas como presidente de un mitin pacífico y como director de una manifestación. Sin embargo se me declara convicto de ese delito, de ese pretendido delito".

Miguel Schwab

Nació Miguel Schwab, en Mannhein (Alemania), en 1853, recibiendo su primera educación en un convento. Trabajó algunos años de encuadernador en distintas ciudades de Alemania. Figuró en su país afiliado al Partido Socialista. Fue a los Estados Unidos en 1879 y colaboró más tarde con Spies en Arbeiter Zeitung. Era un correcto orador y su popularidad entre el elemento alemán muy grande. Como organizador era digno émulo de sus compañeros de proceso.

En discurso se le escuchó decir: "Hablaré poco, y seguramente no despegaría mis labios, si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que acaba de desarrollarse".

Denominar justicia a los procedimientos seguidos en este proceso sería una burla. No se ha hecho justicia ni podría hacerse, porque cuando una clase está enfrente de otra es una hipocresía y una maldad suponerlo tan solo. Decís que la anarquía está procesada, y la anarquía es una doctrina hostil a la fuerza bruta, opuesta al presente criminal sistema de producción y distribución de la riqueza.

Me sentenciáis a muerte por escribir en la prensa y pronunciar discursos. El Ministerio Público sabe tan bien como yo que mi supuesta conversación con Spies jamás existió. Sabe algo mejor que esto: sabe y conoce todas las bellezas del trabajo del que preparó aquella conversación. Cuando comparecí ante el juez al principio de este proceso, dos o tres policías declararon que sin duda alguna me habían visto en Haymarket cuando Parsons terminaba su discurso. Entonces se trataba ya de atribuirme el delito de arrojar la bomba. Al menos en los primeros telegramas que se dirigieron a Europa se dijo que yo había arrojado varias bombas sobre la policía. Más tarde se comprendió la inutilidad de esta acusación y entonces fue Schmaubelt el acusado...

... Habláis de una gigantesca conspiración. Un movimiento no es una conspiración, y nosotros todo lo hemos hecho a la luz del día. No hay secreto alguno en nuestra propaganda. Anunciamos de palabra y por escrito una próxima revolución, un cambio en el sistema de producción de todos los países industriales del mundo; y ese cambio viene, ese cambio no puede menos de llegar".

Samuel Fielden

Nació en Todmorden, Lancashire (Inglaterra) en 1844; pasó su juventud trabajando en los talleres, y entrando en la edad de la razón, se recibió de Ministro metodista. Fue después nombrado superintendente de las escuelas dominicales de su país natal. En 1864 pasó a Nueva York y trabajo en algunos telares. Al año siguiente se trasladó a Chicago, y desde esa fecha trabajó como jornalero. Ingresó en la Liga Liberal en 1880, donde hizo conocimiento con Spies y Parsons; se declaró socialista y fue uno de los miembros más activos de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Era un gran orador y pensador profundo.

Fielden pronunció un discurso muy extenso, por cuya razón no haremos un extracto tan completo como desearíamos, y aún le daremos forma distinta de la dada a los demás a fin de compendiar mejor cuanto dijo. Empezó recitando una poesía del escritor alemán Freiligrath, titulada La Revolución, y se defendió elocuentemente de que se pretendiera a

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